28.2.07

Punzante

como a un pez herido, punzado, le duele por demás la cara. Sin aire estrangula los músculos heridos. Duele tanto que junta sus manos, parece rezar.
El marido, parado enfrente, no la mira. Pone su cabeza de costado, mira torcido, para otro costado. Evade, no la reconoce. Un monstruo lo lleva a mirar lejos, y no el rostro de su mujer.
La dolida, sola y solemne. Un tirón de vertebras que se retuercen en el cuello.
Solo puede sostener en sus manos dobladas la cartera con rombos de cuero negro sobre su falda.
El ya es invisible, una multitud de extraños pasajeros lo arrastran.
Aún así, ni en la despedida la mira.
Y ella sí, reza, en voz baja, pero con ojos grandes de huevo.
Es capaz de levantar la mirada, urga, revuelve esa cueva que lleva de cartera, tarda, pero se levanta. Está parada, macabra, busca al hombre que la dejó sentada.